
Cuando a mediados del siglo XVII, los grandes pensadores de la Ilustración comenzaron a dudar de la eficacia política de las monarquías absolutas, sus mentes brillantes y adelantadas a su tiempo comenzaron a hilvanar la idea de una estructura de participación popular que arrancara de las manos exclusivas y excluyentes de un solo individuo, la conducción del Estado.
Es así como nace la idea del Parlamento. Una institución histórica, que de ser en sus inicios la expresión de una clase social, se convirtió con el correr de los tiempos en la institución más plural y básica de todo pueblo democrático.
Por ello, dentro de un verdadero Parlamento tienen que estar representados todos los sectores sociales que conviven en una nación: obreros, estudiantes, empresarios, profesionales y, en estos tiempos, no resultaría descabellado que algunas expresiones contemporáneas características de nuestros días como ecologistas, minorías sexuales y hasta los indigentes deberían de tener quien levante su voz para defender sus derechos.
Un Parlamento donde sólo está representada una porción del país, no es un Parlamento; un Parlamento donde sólo están representadas dos porciones del país, tampoco es un Parlamento.
No existe excusa alguna, por más loable que se la presente, que justifique la exclusión de grupos políticos o de opinión en una contienda electoral parlamentaria verdaderamente democrática. Y mucho menos que se la tilde de "divisionista" o "ambiciosa" mientras sus contrincantes se presentan como seres "puros" y verdaderos "patriotas".
Como tampoco es justo que los electores, permitan que se les chantajee obligándoles a votar por una determinada opción, utilizando el pretexto de que el voto "entubado" es la única oportunidad de cambio para el país. La madurez política se hace manifiesta, cuando un electorado es capaz de discriminar entre los individuos que más se identifican con sus intereses y aquéllos que cubiertos con una piel de cordero, sólo están preocupados por su propio "resuelve" o el de una élite política que sólo le inspira el convertirse en un polo monolítico y calcificado, que sea la otra cara de una misma moneda.
Ya son muchas las elecciones, en las cuales al pueblo venezolano se le ha llevado a votar a ciegas por individuos que en condiciones normales, simplemente repudiaría. El famoso voto "con un pañuelo en la nariz" se ha convertido en una de nuestras grandes vergüenzas y en la más patética contribución involuntaria para la destrucción del Estado.
Es grotesco y abusivo, que después de una elección marcada por el tubo de la polarización, salgan luego, "dirigentes" u organizaciones políticas, a jactarse de una votación donde el elector no tuvo otra opción que votar por ellos y sus partidos. Éso no tiene otro nombre que fraude, engaño o autoengaño (en el mejor de los casos).
Yo creo que después de 11 años, ya basta de esa amarga y fétida medicina. No dudo que en el llamada "Mesa de la Unidad" haya nombres honorables y merecedores de la confianza del electorado; pero, ya va siendo hora, en que los electores voten con conciencia. Sería un garrafal error, por ejemplo, que por seguir las instrucciones de un grupúsculo autonombrado como gran elector nacional, los venezolanos ni siquiera tomemos en cuenta la tremenda lista presentada por un grupo de pequeños partidos para optar al Parlatino. Con todo respeto, en un país normal esa sería una pelea de burro contra tigre. Pero, lamentablemente, a esos eminentes venezolanos, en este país polarizado no se les da ni el chance de presentar su propuesta en los llamados medios independientes y democráticos. Eso sí, a Julio César Pineda lo sacaron del aire; porque él es candidato para tener un programa de Tv; pero no, para ser invitado a un programa.
Por elegancia, no hablaré de mi caso; pero, comparen las listas de Caracas y sopesen, decidan, derrotennos por no tener méritos. Más, no por complacer una cúpula.
Ojalá en el chavismo alguien tenga el coraje de esgrimir estos mismos argumentos, porque allá está pasando lo mismo.
Renan Acosta
Imagen cortesia de El Angel Mercenario

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