Crónicas de Disidencia
La presencia de los estudiantes en el debate nacional devuelve al país una fuerte y sana esperanza. Llenando de entusiasmo las calles, los jóvenes alientan con su peculiar desenvoltura, las energías de una sociedad que quiere proyectarse hacia el futuro. Su contagioso dinamismo aporta a la lucha social un emblema fundamental, sin el cual no arraiga suficientemente ninguna transformación profunda.
Las encuestas, que reflejan inmediatamente todo cuanto acontece en el alma colectiva, dan fe del apoyo y de la inmensa popularidad de que gozan los estudiantes. Esta situación, desde luego, inquieta al gobierno, que busca por todos los medios desacreditar sus luchas apelando a todos los infundios, cada vez menos creíbles por una población bien informada, a quien tratan de arrebatar los ya escasos medios de comunicación independientes.
Esto, precisamente, ha sido una de las razones principales de sus movilizaciones en procura del respeto a la libertad de pensamiento, de expresión e información, según los principios establecidos en la Carta Magna. Pero también llevan al análisis público las graves carencias de un país que ve desmejoradas sus condiciones de vida por la ineptitud e ineficiencia de un gobierno que ha despilfarrado grotescamente las más elevadas sumas de dinero en toda su historia.
El mensaje que los nutre apunta a la recuperación de una nación que está siendo esquilmada, y va perdiendo dolorosamente viejas conquistas logradas en importantes combates que la sociedad ha librado para construirse un mejor destino: justo, libre y democrático. A tal extremo hemos llegado que, en los inicios del siglo XXI, la falta de agua y de luz amarga la cotidianidad de los ciudadanos y la inseguridad y la disolución social penden como un karma sobre los espíritus atribulados de los venezolanos.
Abanderada de un nuevo país, la juventud encarna el progreso, el avance y la renovación, ante un régimen chapado a la antigua, que lleva la mascara del pasado, el retroceso y el oscurantismo personalista como tesis principista. Animados por ideas novedosas, han hecho de la creatividad política una característica de sus actividades, que irritan y desconciertan al poder, aumentando su mal humor y su temperamento represivo y altanero. Enarbolando las banderas de la paz y el comportamiento pacífico de sus protestas aspiran a una discusión que eleve las condiciones del clima político, enrarecido por la prédica de odio y confrontación desde Miraflores.
La república está depositando en esos jóvenes una inmensa confianza, aunada a la credibilidad que se desprende de su mensaje fresco y optimista, como plataforma para superar el desencanto de un país frustrado por la prédica continua de promesas que no alcanzan nunca a concretarse en la realidad de los hechos. Manos limpias y propósitos generosos conducen los ideales de estas muchachas y muchachos, que con sus testimonios están motorizando las reservas más nobles y fecundas de un pueblo que se niega a retornar a etapas negativas ya superadas de su historia.
Como en otras épocas la nación está sintiendo la singular comparecencia de sus jóvenes en un momento de especial trascendencia en el agitado transcurrir de su vida colectiva.
Críticos e irreverentes, rechazan la furiosa represión del gobierno con nuevas marchas y manifestaciones, teniendo como objetivo el rescate de una patria digna y generosa donde quepamos todos.
Domingo Alfonso Bacalao
dabacalao@cantv.net
www.notitarde.com

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