Enfrentarlos, denunciarlos, mostrar la podredumbre que los carcome, ponerlos en evidencia ante el mundo por su tremenda ignorancia y la inmunda obsecuencia con que obedecen las órdenes del rey de los mendigos: esas son nuestras primeras obligaciones. Someterse a los dictados de esta banda de forajidos es una ofensa de lesa dignidad. De modo que la única tarea que les cabe a nuestros dignos y honorables representantes consiste en no dejarse atropellar, levantar la bandera de la dignidad de la patria y bajo ninguna circunstancia bailar como perritos ante el látigo del jorobado del Capitolio.
Pedro Lastra
Compararlo con un circo es injusto: hay circos de altísima calidad artística, con trapecistas que arriesgan sus vidas a alturas de vértigo, domadores que ponen en juego sus vidas hundiendo el cráneo en las fauces de leones salvajes, equilibristas que desafían todas las leyes de la gravedad, caballerías esplendorosas que sacuden sus crines enjaezadas al compás de valses vieneses interpretados por verdaderas orquestas y payasos que hacen desternillar de la risa al más serio y enjuto de los apasionados asistentes.
¿Se imagina al desvencijado, desdentado, curcuncho y tambaleante Fernando Soto Rojas colgando de un trapecio para alcanzarle las manos a su comparsa de zarrapastrosos camaradas de hemiciclo? ¿Se imagina a Darío Vivas atravesando el Capitolio sobre una cuerda floja? ¿O al pesado, malhumorado y atrabiliario Carlos Escarrá calzando zapatones de payaso, pretendiendo hacer reír con su falsa pedorrea de harina precocida?
Y nombro a esos tres próceres de esta revolución andrajosa y tumultuaria, porque salvo el negro Istúriz, ex maestro de escuela que ha militado en todos los partidos para recalar en donde haiga, ya regordete de tanto latrocinio y cuentas en dólares – él, un ex muerto de hambre convertido en propietario de un yate para seguir tostándose al sol del Caribe – no hay quien valga ser mencionado. Una banda incógnita de oscuros y tenebrosos personajes salidos del absoluto anonimato y la indigencia más escabrosa para disfrutar de las mieles del gobierno militar más corrupto, inescrupuloso, mendaz y falsario de nuestra historia.
Un circo de cabras pelonas y camellos artríticos. De esos pobres y miserables circos de pueblo en donde el propietario de la aportillada carpa es el boletero, el animador, el payaso y el domador, así como el desafinado trompetista que anuncia los números que el mismo ejecuta. ¿No es ésta la exacta descripción del circo del ex teniente coronel, que ya ni siquiera tiene quien le escriba?
¿Qué hacen sirviendo de comparsa a esa pandilla de charlatanes y ex presidiarios nuestros diputados, respetables señoras y señores que no sólo saben leer y escribir, han pasado por universidades de verdad verdad, saben usar los cubiertos y no sorben ruidosamente cuando se enfrentan a un cruzado margariteño? ¿Dónde y qué fue lo que estudió Soto Rojas, el comandante Ramiro, ignorante como un picapedrero y responsable de la muerte de decenas de pobres infelices que tuvieron la inmensa desdicha de caer bajo sus órdenes en El Bachiller?
Enfrentarlos, denunciarlos, mostrar la podredumbre que los carcome, ponerlos en evidencia ante el mundo por su tremenda ignorancia y la inmunda obsecuencia con que obedecen las órdenes del rey de los mendigos: esas son nuestras primeras obligaciones. Someterse a los dictados de esta banda de forajidos es una ofensa de lesa dignidad. De modo que la única tarea que les cabe a nuestros dignos y honorables representantes consiste en no dejarse atropellar, levantar la bandera de la dignidad de la patria y bajo ninguna circunstancia bailar como perritos ante el látigo del jorobado del Capitolio.
Que se preparen: no saldrán limpios cuando suene la hora de Mubarak.

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