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La participación de los oyentes y las denuncias forman el plato fuerte de PLOMO PAREJO. Conducido por el polémico Iván Ballesteros que se caracteriza por descubrir, analizar y difundir temas que conmocionan el acontecer político a través del contacto con sus protagonistas. Sus secciones ya son todo un éxito: “Plomo y Candela” con Ballesteros y la periodista Patricia Poleo, “Misión Imposible”, "El Jalabolas", "Qué hace Chávez con el dinero de los pobres" han dado mucho de qué hablar.

Frases de dictadura.

Frases de dictadura.
"Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes”. Marqués de Lafayette.

Programa Plomo Parejo íntegro del día 03/04/2014

jueves, 5 de agosto de 2010

EL GUARDIA - Gral de Bgda. Humberto Seijas P - El Nacional, 04 agosto 1.987


Tengo más de treinta años de conocerlo, tratarlo y servir con él; yo lo he visto en El Amparo cuando fumigaba casas para evitar que compatriotas suyos se contagiaran de fiebre amarilla; lo he encontrado en Güiria cuando enseñaba a leer a sus paisanos; lo he acompañado en Las Trincheras cuando, con el barro hasta la cintura, rescataba personas y bienes durante la ominosa crecida del año 66; me he aferrado a él en San Antonio de Táchira cuando me desangraba, herido de granada, y él, jadeante, me llevaba sobre su hombro hacia el hospital; me lo he topado más allá de Peraitepui cuando llevaba alimentos, medicina y esperanza al hermano que, semidesnudo, vive en la selva más recóndita; lo he velado, lleno de frustración y rabia, con las lágrimas pugnando por salir, cuando el criminal lo ha asesinado en el tren de El Encanto, la prefectura de Carirubana, la alcabala de Santa María de Ipire, el puesto de Cutufí y la Sierra de Perijá. En fin, yo puedo decir que lo conozco bien. Y por eso mismo, quisiera que tú que lo has visto en la ciudad y en lo despoblado, sin preocuparte de quién es; que duermes más tranquilo porque sabes que está allí, cuidándote, pero que no lo conoces; sintieras más interés por él. Por eso, a ti, que sólo lees de él cuando sale en un titular escandaloso del diario, te escribo estas parrafadas.

El guardia es el fuerte brazo derecho de la ley. Sin él, ésta tendría forma pero no substancia. ¿De qué te serviría tu derecho constitucional a la vida si lo que buscan quitársela no se sintieran refrenados por el temor a su fortaleza, integridad y persistencia en hacer que predomine la justicia? ¿Qué valor tendría tu derecho constitucional a la libertad si la nación no tuviera a ese servidor que vigila de día y vela de noche para que tú puedas viajar tranquilo por las carreteras de la patria?

El guardia es una muralla contra las fuerzas del mal. Es una barricada levantada por los venezolanos respetuosos de la ley contra los ataques de los forajidos. Los que intentan atropellar nuestros derechos tendrían que derribar esta muralla antes de poder avasallar impunemente a la sociedad. Por eso es que el guardia es el principal blanco de esos malvados. Las turbas que, disgustadas con una norma, intentan colocarse por encima de la ley, no le lanzan piedras e improperios a los legisladores que elaboraron dicha norma, a los altos funcionarios que la ejecutan, o a los jueces que la interpretan, sino a los guardias, cuya única función es mantenerse firmes al lado de la nación y que saben que para que la libertad y el orden sobrevivan debe respetarse la ley.

El guardia es un engranaje esencial en el mecanismo social. El lo sabe cuando es enviado urgentemente, con riesgo para su integridad física, a acabar con una trifulca, a salvar una vida, a capturar a peligrosos traficantes de droga, o a realizar cualquiera otra de esas acciones que los demás no quieren llevar a cabo porque le tienen asco, les da miedo, o se sienten incapaces. El lo sabe cuando le toca estar de servicio sábados y domingos, o Navidad, Año Nuevo y Semana Santa, cuando todos sus demás compatriotas están de vacaciones, divirtiéndose felices, al lado de la familia. El lo sabe cuando un delito horrendo golpea a la comunidad y todas las horas del día y de la noche se convierten en horas laborables para cumplir con la exigencia pública de que el crimen sea resuelto y el delincuente sea llevado a la justicia.

El guardia es un amigo en horas de necesidad. Es a él hacia donde volvemos los ojos instintivamente cuando todo lo demás nos falla. El ayuda al viajero que no sabe qué ruta seguir o que necesita cambiar un caucho, encuentra al niño que está perdido en el Ávila, apaga el incendio que se desata en la sabana, remolca la lancha que se accidenta en alta mar, busca al médico del pueblo que se necesita para un parto, y si no lo localiza, él mismo trae el niño al mundo. Es nuestro servidor más versátil.

El guardia es un hombre.
Si no lo fuera, le faltaría el valor que se requiere para enfrentar las balas que le dispara el malhechor a quien se le ha ordenado aprehender. Si no lo fuera, no tendía la fortaleza necesaria para estar permanentemente de servicio en descampado, de día, con el sol abrasador, o en la noche, con el viento y la gélida lluvia. Si no lo fuera, le fallaría la presencia de ánimo que debe tener para navegar por un Cuyuní erizado de piedras y dirigirse al puesto El Venamo, único cuartel que en vez de jardín tiene un cementerio particular donde están enterrados los colegas que desde 1938 han ofrendado su vida a la patria cuando patrullaban ese artero río.

El guardia es una persona a la que le exigimos el más alto nivel de integridad.
Al igual que a la mujer del César, además de estar libre de pecado debe demostrar que está libre de la sospecha de pecado. En una sociedad donde los corruptos, traficantes y estafadores se convierten en millonarios, manejan los autos más finos, comen en los mejores restaurantes y viven en lujosas mansiones, el guardia debe predicarle a todo el mundo que " el crimen no paga" y, recordando lo que pregonaba Platón en lo referente a la frugalidad de los servidores públicos, tiene que aferrarse a sus ideales y conformarse con un modesto sueldo para su familia. En una sociedad en la cual la moral pública está legítimamente cuestionada, el guardia debe ser un arquetipo ético.

El guardia, aunque él lo niega, es un filósofo.
Debe tener cierto conocimiento de las reglas de la razón para poder lograr que sus órdenes sean obedecidas aun en circunstancias en que las emociones y las pasiones del momento enceguecen a las personas con las que trata. Debe ser indulgente y, sin amargarse, entender las debilidades, los absurdos y las inconsistencias de la conducta humana porque con ella debe enfrentarse todos los días. ¿Quién sino un filósofo podría, estoicamente, poner su vida en peligro para detener a un delincuente peligroso al cual los otros elementos de la sociedad, mucho de los cuales son más conocedores de la teoría del comportamiento humano, han fallado en su control o su rehabilitación?

El guardia es un hombre para todas las situaciones.
A fin de cumplir con lo que se ordena, debe combinar el valor de Rolando en Roncesvalles para no pestañear ante el revólver o el puñal del asesino, la fuerza de un Sansón para que su detención se logre físicamente y la gentileza de un San Francisco de Asís para que, de vencerlo en el forcejeo, no aparezcan ni contusiones ni violaciones a los derechos del detenido. Al igual que Horacio Cocles en el puente sobre el Tíber, debe detener la turbamulta que destruye todo a su paso y amenaza con asolar la ciudad. Y cuando digo igual me quedo corto. ¡Debe hacerlo mejor! Porque el guardia debe hacerlo sin emplear innecesariamente la fuerza --la autoridad se lo exige, pero nunca le dice cómo. Exigimos que le imponga una boleta al otro conductor que infringe las reglas del tránsito porque, si no, lo acusamos de negligente en el cumplimiento de su deber; pero, si la citación es para nosotros, debería perdonar nuestra trasgresión y escucharnos con la paciencia del santo Job mientras lo acusamos de abuso de autoridad.

El guardia es un funcionario que tiene problema con el que transgrede la ley. Esto es de esperarse, pero el problema está en que, al igual que el delito, este fenómeno va en aumento. El delincuente siente que en la comunidad hay un irrespeto cada vez mayor por la ley y por los que la representan; por eso, cada vez con más frecuencia, se resiste a la voz de arresto y se enfrenta violentamente a los que lo intentan detenerlo.

Esta actitud debe preocuparnos a todos pues la violencia no está dirigida al guardia solamente. Cuando un guardia —o cualquier otro agente de la autoridad— es atacado durante el desempeño de sus funciones, toda persona decente y la sociedad como un todo deben sentirse atacadas, pues se intenta destruir la vida ordenada en comunidad y la libertad que trae ésta aparejada.

El guardia es un funcionario que, paradójicamente, tiene problemas con los que cumplen la ley. Es un hombre que siente que ha sido abandonado por sus compatriotas. El nota que el estado le exige una actuación pero que no le provee todos los recursos que se necesitan para cumplir esa exigencia. Eso no le importa mucho, pues él compensa con esfuerzo y sacrificio dicha carencia. Lo que le duele, sobremanera, es saber que su abnegación y desprendimiento no le son reconocidos; es sentir la falta de solidaridad de la comunidad a la que le sirve. Y es que para nosotros es preferible ver asesinar a nuestro prójimo que acudir en su auxilio; es más cómodo y fácil dejar de reportar un delito que informar de él y correr el riesgo de ser acusados de "soplones" por los mismos forajidos que tratan de impedir la sociedad libre y ordenada a la que tenemos derecho. Buscamos divorciarnos de todo lo que signifique seguridad ciudadana u orden público. Lo justificamos diciendo que es una especialidad y, como tal, debe ser manejada por los especialistas; pero se nos olvida que los especialistas son muy escasos, que las transgresiones que pueden detectar sin nuestra ayuda son muy pocas, que si no actuamos como sus ojos y oídos, serán incapaces de combatir efectivamente el delito.

El guardia es un funcionario que tiene ¡Quién lo creería! problemas con la ley. Esta, que a menudo no se adecua a la circunstancia actual, ni a la realidad del servicio, es al mismo tiempo terriblemente exigente con aquél. Los códigos, leyes y reglamentos que deben sustentar la actuación de la Guardia Nacional son, por la regla general, obsoletos, inconexos, contradictorios; fueron hechos para enfrentar, en una sociedad más sencilla, el robo de una vaca, la pelea a garrotazos en una pulpería, el matuteo de mercaderías por una playa solitaria, el muy eventual homicidio. Hoy, en una sociedad más citadina, donde el delito que predomina es el de cuello blanco, donde los criminales emplean aviones, computadoras y armas de último modelo, esas normas arcaicas dificultan la acción eficiente de la autoridad.

El guardia es alguien que a menudo se siente frustrado.
Siente que ha fallado cuando tiene que detener al muchacho imberbe que ha cometido un delito bajo al efecto de las drogas; se siente un fracasado cuando tiene que rescatar de entre un montón de hierros retorcidos el cuerpo inerte del conductor que manejaba intoxicado con alcohol; se siente defraudado cuando tiene que aprehender nuevamente a un criminal reincidente a quien ya había entregado a la justicia y había logrado salir por una de esas frecuentes trapisondas abogadiles. Sin embargo, su fracaso es un fracaso que debe compartir con todos los demás elementos del orden social, con los padres, los maestros, los gobernantes, los jueces, las instituciones cívicas y otros, pues todos tienen responsabilidad en la creación de un ambiente adecuado para el crecimiento en todos los órdenes y en la búsqueda del bien común.

El guardia es, en fin, tu amigo en todas las circunstancias. Si le das la comprensión, auxilio y apoyo que necesita, él te lo demostrará más gustosa y abundantemente aún.

Este es el guardia que querías que conocieras. Al presentártelo, deliberadamente he acentuado las mejores cualidades que tiene. No me avergüenza haberlo hecho así. Ya otros te habían hecho conocer que este hombre tenía fallas y flaquezas —las mismas fallas, y en el mismo grado, que tenemos todos nosotros. Sus enemigos se han encargado de crearle una imagen desfavorable, que no es la verdadera, ante tus ojos. Tú, sin quererlo, sirves a sus propósitos y no a los de la comunidad si no intentas conocer la otra cara de la moneda. Busca la verdad y encontrarás a aquél a quien describió el poeta con los versos: Qui procul inc, qui ante diem periit; sed miles, sed pro patria (Quien lejos de aquí, quien antes de su tiempo muere; pero como soldado, por la patria).

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