Este cuento creo que ya lo eché en algún escrito anterior; pero, por lo gráfico ayudará a interiorizar mejor el drama que quiero comentar hoy. Era el año 2003 y era yo presidente de Aeropuertos de Carabobo; salí de mi oficina para supervisar el funcionamiento del terminal de Valencia en el momento de la cola de los que iban a Miami. Me encontré una pareja joven y su hijita. Como sus padres eran (son) amigos, les desee felicidades en sus vacaciones. Ella me contestó que no era un viaje de placer, sino que se iban del país porque querían que la hija tuviese un futuro mejor que el que le esperaría si se quedaba en Venezuela. Atolondrado por la respuesta, barboté algunos buenos deseos y regresé a la oficina preocupado, porque ya me había sucedido el mismo episodio anteriormente. Le pedí a la gerente respectiva que me presentara una comparación de entradas y salidas durante los pasados 365 días. Regresó al rato, pero no quise creer los números y le pedí que los contrastara con los de Inmigración. Al rato regresó con el de la DIEX; los resultados de ambas dependencias coincidían: en un año pasaban de mil las personas que no reingresaban. En un aeropuerto que sólo tenía un vuelo a Miami en un 727 y otro a Curazao en un Dash 44 —o sea, unos 180 puestos— se quedaban diariamente en el exterior ¡tres personas! Si eso era así, mascullé, cuántas se quedarán de las que salen por Maiquetía, que atiende todos los vuelos de Europa, el grueso de los de Estados Unidos y los del resto del continente; cuyos aviones son muchos más grandes, y por donde preferiblemente emigrarían los venezolanos que tienen pasaporte de la Comunidad Europea. Un montonón, diariamente, con seguridad.
Esa sangría de venezolanos jóvenes, capaces, instruidos, valerosos, es una de las muchas cosas malas de las que puede responsabilizarse a Elke Tekonté por su pésimo manejo de la realidad venezolana. Y por las cuales, tarde o temprano, tendrá que imputársele.
Hay montones de ingenieros, médicos, administradores, economistas, y de profesiones parecidas contribuyendo al progreso de otros países con detrimento del nuestro. Hijos y nietos de amigos nuestros —y compañeros de nuestros hijos— que exploran petróleo en varios países no OPEP, dan clases en los Estados Unidos, gerencian empresas en Colombia, hacen cirugías en España. Cómo será la fuga de gente capaz, que conozco a un oficial de Aviación que está de meteorólogo en Dubái, una excelente médica de la Carabobo que dicta cátedra en Ámsterdam, y una venezolana emprendedora que vive más arriba del Círculo Polar Ártico y que, para no perder tiempo mientras el esposo está perforando pozos petroleros, montó una academia para enseñarle a las canadienses a bailar salsa. Me cuenta Graciela, la viuda de un ex-gobernador de Carabobo, quien acaba de regresar de Australia de visitar a una hija, una más que emigró, que las masas de venezolanos en Sidney, Melbourne y Camberra son impresionantes. ¿Y qué decir de las que ya hay en Bogotá? Todas de gente muy capaz. Gente que hace falta aquí.
En Venezuela, en cambio, ¿qué recibimos? Una miríada de cubanos que no saben más que nosotros, —excepto los que llegaron como entrenadores deportivos, y ante los cuales ningún reparo se puede tener, porque saben su asunto y contribuyen generosamente a formar atletas. Del resto, más despreciables no pueden ser. Por un lado, unos dizque médicos que no pasan de ampolleteros glorificados y que por su inopia frecuentemente se encuentran metidos en casos iatrogénicos. Después fueron espalderos para Don Temeroso, quien confía más en unos mercenarios extranjeros que en paisanos suyos que juraron “defender a la Patria y sus instituciones hasta perder la vida”. Pero los que abundan ahora son los sapos y los tombos del G-2 que están metidos en todas partes y que parecen tener patente para darle órdenes y dictarle pautas a los venezolanos, tanto en el trabajo como fuera.
A ninguno de los venezolanos que emigraron se le puede culpar. Porque, como lo aprendimos en la Historia Sagrada, Abraham, Moisés y otros muchos personajes bíblicos tuvieron que abandonar la tierra que los vio nacer para irse a buscar mejores horizontes. Hasta Jesús, cuando estaba chirriquitico, tuvo que montarse con su mamá en un burro que halaba José, porque el Herodes original, al igual que el actual, estaba emperrado en no dejar vivir a quien él pensase que pudiera derrotarlo políticamente. ¡Bien idos, paisanos! Tranquilos, que les irá buen porque tienen la fortaleza, la juventud, los conocimientos y los redaños que se requieren para sobrevivir entre gente extraña. Suerte es lo que necesitan; por eso es lo único que les deseamos. Eso sí, acuérdense de la familia que dejaron atrás porque los árboles sólo pueden ser trasplantados cuando están jóvenes. Mándeles sus chequecitos, porque dentro de poco todos estaremos como en Nicaragua, Ecuador y Cuba: esperando las remesas del exterior para poder sobrevivir...
Humberto Seijas Pittaluga
hacheseijaspe@gmail.com

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