CONTRAVOZ
Gonzalo Himiob Santomé

Hacer compras, para los venezolanos y venezolanas que pueden permitirse esa aventura en la que se ha convertido “hacer mercado”, ha devenido en una verdadera odisea
En un país como el nuestro pocas cosas son tan dolorosas como el que se pierdan alimentos. Más allá de las cifras sobre pobreza o pobreza extrema, o los cuentos sobre acaparamiento, que se manejen desde el poder para aquellos que quieran creer en ellos, lo cierto es que aún –y cada vez más- en muchas zonas del país se sienten, desde hace tiempo, las graves consecuencias de la escasez –cuando no de la franca ausencia- de algunos alimentos básicos. Hacer compras, para los venezolanos y venezolanas que pueden permitirse esa aventura en la que se ha convertido “hacer mercado”, ha devenido en una verdadera odisea. Ya eso de ir de establecimiento en establecimiento, apoyados por una especie de “servicio de inteligencia” ciudadano en el que amigos y allegados nos van “pasando el dato” de dónde es que se consiguen ciertas cosas, es la norma. Saber dónde hay leche, mantequilla, quesos o harina –y llegar a tiempo a comprarlos, cuando se puede- es ahora un fino arte que no cuesta poco dominar.
Del “Éxito” al fracaso
Mientras todo esto es así el Gobierno, tan ganado al histrionismo y a las declaraciones meramente simbólicas, nos sigue sorprendiendo. Y desde dos “frentes” distintos. Por una parte, la toma contra las Empresas Polar, que no sólo producen las cervecitas con las que nos relajamos de vez en cuando sino, además, muchísimos de los alimentos que componen nuestra “cesta básica”. Ya son varias y continuas las veces que representantes del poder, amparados además en la fuerza de las armas, se presentan en los centros de distribución o de producción de las Empresas Polar y, sin mayor tino y bajo sólo un muy exiguo pretexto de una legalidad que no se sostiene más que en el aire caliente que exhalan los ejecutores de tales despropósitos, incautan –supuestamente además, para “llevarle comida al pueblo”- toneladas y toneladas de alimentos cuyo paradero, con posterioridad, pasa a los anales del olvido. Algo parecido, por cierto vale recordar, ocurrió en su momento con los alimentos y bienes con los que se quedó el poder cuando expropió aquella cadena de Hipermercados que, ya administrada por la “revolución”, de “Éxito” pasó a convertirse en un verdadero fracaso.
Verdades malolientes
En segundo lugar, la otra “sorpresa” que nos han preparado nuestros adalides de la “inseguridad alimentaria” desde el poder en estas semanas recientes tiene que ver con lo que le ocurre a los alimentos que adquiere –vale decir que importa el Gobierno, dada nuestra muy destruida capacidad de producción endógena- o incauta –cual si fuese Robin Hood- “a los ricos para darlos a los pobres”. Y es que hemos tenido que enterarnos, porque al final las verdades salen, sobre todo si huelen tan mal como comida descompuesta, de que hasta ahora cerca de 70 mil toneladas de alimentos han aparecido dañados en los contenedores en los que se les mantenía mientras en el poder se decidía qué hacer con ellos. En otras palabras. Mientras Chávez y su gente se afanan en hacernos creer, sin mucho éxito por demás, que lo de ellos es una especie de “cruzada” contra las grandes transnacionales y contra “los ricos” para liberar a “los pobres” de los yugos del hambre y del desabastecimiento, lo cierto es que con los pies destruyen a las pocas empresas verdaderamente eficientes y productivas que quedan en nuestra nación, mientras que en las manos se les dañan los alimentos que, se supone, habían sido dispuestos para un final mucho más benéfico para todos que el de la descomposición.
El Art. 45, numeral 9°, del Decreto que contiene a la Ley Orgánica de Seguridad y Soberanía Agroalimentaria (LOSSA) nos adscribe, al menos en lo que se refiere al tema alimentario, definitivamente al “socialismo” –al menos lo hace a la visión distorsionada que de éste se tiene en el poder- cuando dice que será función de las Asambleas Agrarias “…Generar un informe anual de actividades, presentando logros alcanzados y no alcanzados en el marco del socialismo agrario…”. Ello es avalado por el Art. 77 de la Ley de Salud Agrícola Integral (LSAI) cuando destaca: “…el Instituto Nacional de Salud Agrícola Integral (INSAI) realizará las gestiones necesarias con el propósito de motivar, facilitar y acompañar la participación protagónica del pueblo, en todas sus actividades, y de esta manera coadyuvar en la consolidación del socialismo agrario de la Nación…”. Más o menos en el mismo sentido se pronuncian otras leyes de la nación y, en todos los casos, así lo hacen los discursos “legitimadores” de estos abusos. Todo, absolutamente todo, se hace en teoría para la promoción del “socialismo”. Pero de los dichos a los hechos, acá, se nos tuercen los trechos. Si de lo que se trata en todos estos temas, con todas estas expropiaciones, confiscaciones y abusos es, en teoría, de consolidar el “socialismo” hay entonces una muy grave hipocresía en el discurso. No se puede hablar de “socialismo”, de “bienestar para el pueblo”, de “responsabilidad social” o de “ solidaridad”, cuando a la vez –más allá de lo que se cuenta con las palabras- los hechos demuestran que estas acciones irresponsables ponen en peligro cientos de miles de fuentes de trabajo directo e indirecto, acaban con la iniciativa privada –y con ello con nuestra capacidad productiva- y, para colmo de males, los alimentos que nuestros chucutos “Robin Hood” quitan a “los ricos” no se los “dan a los pobres” sino que se les pudren en las manos. Y por decenas de miles de toneladas.
Equívocos que medran la seguridad alimentaria
La cosa está en que, lamentablemente, nuestro gobierno no capta la diferencia entre la expresión simbólica y la acción efectiva. No entiende que sólo porque uno diga que algo va a pasar –aunque sea en cadena nacional- ese “algo” verdaderamente sucede. Muchas veces se ve cómo –y esto es en verdad lamentable- desde el poder en Venezuela se prefiere el discurso altisonante, demagógico, populista, el argumento estéril lleno de promesas vacías, el “pronto lograremos” y el “ya vamos para allá” –acompañada la charada de abusos como los que ahora se concretan contra la Polar- a la toma de medidas verdaderamente efectivas y respetuosas de la Constitución para la solución de nuestros problemas, ésas que nos permitirían decir, no lo anterior, sino que “ya logramos” o “ya llegamos” al bienestar. Es la lógica, absolutamente perversa, de la eterna utopía del socialismo radical. La venta permanente de espejitos que tratan de hacer creer al pueblo que, con estas acciones y más allá de lo que demuestren los hechos, “pronto lograremos” un bienestar del que de manera deliberada siempre se habla sólo en tiempo futuro y que, por lo tanto, lo único que alimenta es la esperanza, que no los estómagos. Es seguir pensando que destruyendo fuentes de trabajo se ayuda los trabajadores, seguir creyendo que atacando al sistema productivo del país se puede ser productivo o que quitándole los alimentos a las empresas que sí los producen automáticamente se acaba con el desabastecimiento o con el hambre. Es seguir estando equivocados. A costa de nuestra seguridad alimentaria, y de nuestra tranquilidad ciudadana.
“Saber dónde hay leche, mantequilla, quesos o harina –y llegar a tiempo a comprarlos, cuando se puede- es ahora un fino arte que no cuesta poco dominar”
Gonzalo Himiob Santomé
Twitter: @HimiobSantome

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