
Un triángulo con un ojo omnividente, ese símbolo de la sabiduría divina que juzga a los mortales por sus pecados y desviaciones parece comenzar a calzarle a la máxima dirigencia nacional. Siguiendo uno de los más terroríficos ejemplos de la historia, el del pintor austriaco, el ejecutivo como que parece convertirse en el juez supremo de la Nación. El de Alemania no causó el horror que el de nuestra regiones equinocciales parece provocar, a juzgar por las protestas de gobiernos e instituciones. Incluso, lo que ya es el non plus ultra de lo insólito, las del propio José Miguel Insulza. Cosas veredes, Sancho…
Es natural: no se encarcela a un prócer civil que cuenta con el máximo respeto nacional e internacional como Oswaldo Álvarez Paz, ni se detiene al más distinguido empresario mediático del país y se le allana en menos que canta un gallo la inmunidad a un joven parlamentario barinés, que ha despertado la inquina mortal del miembro más conspicuo de la primera familia del país por sus resonantes denuncias barinesas, y todo eso en un suspiro, sin que el mundo tome nota del horror a que parece haber descendido el prestigio del gremio de los primero togados de la Nación. A la del nazismo la han llamado con más que justas razones Justicia del Horror. ¿Cómo llamar a la que parece prestarse solícita a las decisiones de las altas esferas, encarcelando en 24 horas a tres primeras figuras de la política nacional?
De Oswaldo Álvarez Paz no es necesario agregar un ápice a lo que reportan los primeros medios impresos del país y del mundo. Es uno de los más distinguidos herederos del social cristianismo venezolano y tras Rafael Caldera, dos veces presidente de la república, el más prominente social cristiano vivo. Es más: si Caldera no hubiera estado consumido en vida por la más desaforada, enfermiza y mortal de las ambiciones y poseído hasta la médula, para nuestra inconmensurable desgracia, por la soberbia de creerse el salvador de Venezuela, Álvarez Paz hubiera sido electo presidente de la república en 1993, ahorrándole a nuestro desventurado país posiblemente uno de los mayores infortunios de nuestra historia. Haber sacado de la cárcel para venir a caer en manos del Supremo. Se le esposa, se le engrilla y se le encierra porque se teme pretenda escaparse al rigor de esta “justicia”. No comments…
De Guillermo Zuloaga ni siquiera vale la pena mencionar virtudes y afanes. Comprometido con la verdad y dispuesto a jugarse vida y fortuna por nuestra malherida democracia, se nos ha convertido en enseña de la obligación moral de informar veraz y oportunamente, como ordena la Constitución. Imperativo que parece haber sido desterrada de los medios oficiales. Suficiente razón como para que la justicia magisterial decida hacerle la vida imposible. Apenas asomada la injuria de traerlo esposado a rendir cuentas ante los tribunales por delitos inexistentes, el escándalo sacudió la opinión pública mundial. Fue cuando Insulza, rompiendo su parquedad respecto a los delitos de Estado que se cometen en Venezuela, exigió su inmediata liberación. Para fortuna de la verdad y la justa justicia – que tanto escasea por nuestros lares – fue escuchado. Así sea con la insólita limitación de que se le reconozca el derecho a una “libertad condicionada”.
¿Qué agregar al via crucis del diputado barinés Wilmer Azuaje, contra quien la máxima autoridad del país ha desatado las iras y los rencores más nefastos y todo por osar tocar con el pétalo de una rosa la integridad de su familia con acusaciones referentes a los bienes que detentan? Desde secuestros, incendios a sus bienes, persecución sistemática contra su señora madre e incluso el asesinato de su hermano, ocurrido en hechos jamás aclarados, todo lo cual reposa en un expediente especialmente instruido por su propia persona ante la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos de la OEA , la vida del diputado Azuaje no es digna de ser envidiada. A pesar de lo cual no se ha rendido, no se ha humillado, no se ha arrodillado ante quien detenta todos los poderes de la república. Mayor coraje y dignidad, imposible.

¿Esperará la máxima autoridad del país que los tres personajes en cuestión se declaren en huelga de hambre y mueran en el intento, como Orlando Zapata Tamayo, para por fin declarar extasiado que ya estamos viviendo en carne y hueso en la propia isla de la felicidad? No le daremos en el gusto. De la cita en el día y a la hora señalada, como en la gran película de Gary Cooper, no lo salva nadie.

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Alberto Rodríguez Barrera

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