Arnaldo Espinoza, curioso de oficio. Estudió Ingeniería Química en la Universidad Simón Bolívar antes de descubrir su pasión por la prensa. Colabora con crónicas sobre la cotidianidad caraqueña (y otras especies) en CódigoVenezuela.com
La realidad de la central hidroeléctrica salta a la vista del visitante
Todo estaba allí: la gran estructura de concreto, las turbinas funcionando, los turistas preguntando, el ardiente sol de Guayana. Pero algo falta en Guri: desde que está bajo la lupa de todo el país debido a la crisis eléctrica que se vive en Venezuela, el mutismo parece ser el comportamiento de todos sus empleados.Llegamos una mañana de Carnaval a orillas del embalse. Desde mucho antes de llegar a la alcabala principal se puede notar que la sequía está haciendo estragos en toda la región. El letrero en la entrada de visitantes no habla de “clamores a Dios” para que llueva, sino prohíbe la entrada de ordenadores personales al personal del complejo. No se puede escapar ni una gota de información.
Luego de obtener el pase de visitante, quedan unas tres horas para comenzar el recorrido “turístico” por la represa. La cresta, el popular nombre del pasaje que divide el lago de la hidroeléctrica, está cerrado al público: Rafael Ramírez está haciendo unas tomas aéreas. Aún así, el lago es suficientemente grande para notar los efectos de la falta de lluvias y el sol inclemente.
El deplorable estado de las instalaciones del Hotel Guri/ Foto: Valentina Ruiz Leotaud
“Yo no entiendo cual es el alboroto con lo del nivel del agua, lo he visto mucho peor al menos tres veces”, me alerta uno de los obreros de Edelca, que ahora trabaja dentro de las instalaciones recreativas del complejo. Es cierto, en 2001, 2003 y 2004 el embalse alcanzó cotas menores a 255 metros, pero nunca generó tanta electricidad como ahora. En los últimos cinco años, Guri ha aumentado la energía generada en un 15%, llegando casi al tope de su capacidad (para 2009, Edelca aportó 9870 MWv en promedio mensual al sistema eléctrico nacional en un año de pocas lluvias).
La explotación intensiva del embalse es la nueva variable que no existía hace casi una década, o un lustro. El crecimiento de la demanda eléctrica (17,1% en el período 2005-2009) ha sido mayor a la capacidad instalada, sin necesidad de recurrir a medidas extremas como “sacarle la chicha” a las hidroeléctricas. La paralización de Planta Centro -donde sólo opera la unidad número 3- y la torpe instalación del complejo “Josefa Camejo”, que se encuentra en Falcón, pero no alimenta al estado, han ayudado a incrementar la preocupación de los trabajadores de la presa.
También el factor suerte parece acabarse en el enclave guayanés: cuatro de las turbinas están paralizadas por mantenimiento, incluyendo algunas en cotas más bajas a la fatídica 240: “Antier (el pasado jueves 11), intentaron arrancar la turbina 14 (cota 219), pero se vino a tierra”, me comenta el obrero antes de desaparecer por la puerta del baño del establecimiento. Otras tres turbinas, incluyendo las de la cota inferior (194 metros) tampoco están en operación y una, la turbina 2, es víctima de una “vibración anormal”que la hace candidata a la paralización.
Al llegar al lago, las palabras se disuelven y la realidad patea: rocas que marcan cotas, totalmente a la intemperie, el suelo cuarteado como si se tratara del África subsahariana, marcas en el limo, en las piedras y en la arena de agua que alguna vez estuvo, pero que ya no está más. Desde la piedra que marca el máximo nivel del embalse, a la altura del Club Naútico, se observan pequeñas islas de roca que sólo emergen cuando la precipitación se ha hecho ausente por un largo período. Y así ha sido: a pesar de algunas lluvias moderadas en agosto-septiembre de 2009, el embalse no se alivia desde diciembre 2008.
Desde la orilla del lago, hasta la roca que marca la cota de los 265 metros, se pueden observar las marcas que ha dejado el agua en este año de sequía/ Foto: Arnaldo Espinoza
Luego del recorrido por el lago -lleno de arena y limo donde debía haber agua-, la bajada indica la dirección que se debe tomar hacia el edificio administrativo, de donde comienzan los recorridos públicos por la presa. Los buses están llenos, las palabras son pocas, el calor intenso. Una voz rompe el silencio “Buenas tardes, mi nombre es Luis y soy ingeniero civil de Edelca. Yo voy a ser su guía en este recorrido”. No hay preguntas -todavía-, pero si explicaciones.
“Vivimos un intenso período de sequía, y es por eso que los niveles del embalse han bajado a niveles que nos preocupan. Como ustedes saben, nos encontramos alrededor de la cota 256 (256,24 al 16/02 para ser exactos) y en la cota 244 ya el sistema no tendrá suficiente agua para que las turbinas generen electricidad. El 50% del país se podría quedar sin energía”. Las caras cambian de castaño a marrón oscuro. Las expresiones, de pánico. Luego de soltar esa “bombita”, comienzan las preguntas, generalmente liderada por un grupo de niños: “¿Y si se seca el embalse después no funciona más?” “¿Cómo que no vamos a tener luz?” “¿Para cuando se espera el gran apagón?” Las respuestas son tan simples y directas como las preguntas; “No, si se llena volvemos a trabajar”, “Bueno, se apaga el país, porque no hay agua para mover las turbinas” y “Bueno, señora, el nivel crítico se alcanzaría entre abril-mayo si no llueve”.
El informe meteorológico de la zona tampoco es prometedor: se esperan lluvias aisladas hacia Santa Elena de Uairén, donde se encuentran las cabeceras del Caroní, a mediados de marzo, pero de muy baja intensidad.
El transporte se para frente a la represa. Al bajar, siempre esperaba escuchar un gran caudal de agua bajando por los aliviaderos, como aparece Guri en todas sus fotos emblemáticas. No había agua, apenas los remolinos que generan las turbinas de generación al fondo del río, silentes. A pesar de las decenas de cámaras, mis oídos no captan ningún ruido. Guri se apaga en silencio, tal vez en abril, tal vez en mayo, si no llueve.







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