
El país comienza una nueva era y abandona definitivamente el bloque chavistaA pocas semanas de que el nuevo presidente electo del país, Porfirio Lobo, jure su cargo y ponga el punto y final al interminable sainete hondureño, la comunidad internacional todavía sigue mostrándose renuente a reconocer la nueva realidad sobre el terreno: la conformación de una nueva administración al frente del país y el final del mandato de los presidentes autotitulados como tales, el depuesto Mel Zelaya y el flamante Roberto Micheletti, que supuestamente y paradójicamente respondían ambos al estricto orden político y constitucional al uso en este país.
En Tegucigalpa, por ejemplo, no se esperan a muchos dirigentes europeos, incluida España, uno de las gobiernos más beligerantes con respecto a las actuales autoridades de Honduras y muy cercano a las posiciones del bloque chavista en esta crisis, y al día de hoy son muy pocas los naciones que han anunciado su presencia en la tan ansiada toma de posesión del nuevo presidente. Al margen del simbolismo que pueda tener la presencia o la inasistencia de determinados representantes internacionales, pues en política casi todo es escenificación teatral, lo que queda meridianamente claro es que habrá un antes y un después de dicho acto previsto para el próximo 27 de enero, por mucho que le pese a Hugo Chávez y al canciller español Moratinos.
Será el final de la denominada administración de facto que presidía Micheletti, al que numerosos países le negaban legitimidad política, y la definitiva evanescencia política, quizá para siempre, de Zelaya y sus partidarios. Una vez superado este momento, y sobre todo tras los emblemáticos reconocimientos de los resultados de las elecciones de noviembre por parte de Canadá, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Israel, México, Panamá y Perú, comenzará una nueva era y tanto Zelaya como Micheletti serán ya historia.
Una nueva agenda política para un país en grave crisis
No obstante, el retorno a la normalidad no será una tarea fácil para las nuevas autoridades electas el pasado 29 de noviembre. El cuadro que presenta Honduras es sumamente crítico: la pobreza supera el 60% de la población del país y las adversas condiciones para casi todos sus habitantes han empeorado desde junio, cuando comenzó la crisis política; las inversiones extranjeras cayeron un 45% el año pasado; las relaciones de Honduras con el resto del mundo están reducidas a su mínimo exponente y será muy difícil la inserción del país la comunidad internacional y el regreso a todas las instituciones de las que fue expulsada; y, por último, pero no menos importante, será absolutamente necesaria la participación en el juego político de los antiguos partidarios de Zelaya si de veras se quiere retornar a la plena normalidad y consolidar las maltrechas instituciones democráticas hondureñas. Es decir, los problemas deberán ser encauzados por la vía institucional y desterrar para siempre la violencia como instrumento de acción política.
Los desafíos para el nuevo presidente serán ingentes y tendrá que realizar un enorme esfuerzo por impulsar el diálogo con todos los agentes sociales, políticos y económicos del país con el claro objetivo de lograr una amplio consenso sobre el que construir las soluciones que demanda Honduras. También tendrá que hacer un enorme esfuerzo pedagógico por recuperar la legitimidad y credibilidad perdidas en el mundo; en América Latina, por ejemplo, resultará una tarea casi imposible la normalización de sus relaciones con los países del ALBA, pero especialmente con Argentina, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, los principales valedores del ex presidente Zelaya en la escena internacional y continental. La agenda política del nuevo presidente está repleta de grandes retos.
Luego, ya en el plano interno, las nuevas autoridades tienen que recuperar la confianza pérdida en las instituciones por parte de la sociedad hondureña, cansada de esperar en la cola de la historia y superada por una crisis que no parecía tener fin. Los hondureños han perdido, a lo largo de estos inolvidables siete meses, su fe en las instituciones y, lo que es peor todavía, su confianza en el sistema democrático como herramienta para dirimir sus conflictos y contenciosos.
Así las cosas, y cuando apenas quedan ya unas jornadas para que el nuevo presidente cierre una de las páginas más dolorosas y tristes de la historia de esta abatida y olvidada nación, la gran cuestión que gravita sobre el escenario hondureño es si las nuevas autoridades electas, lideradas por el presidente Lobo, serán capaces de superar la más grave crisis política vivida en este país en lustros o, si por el contrario, los episodios vividos no serán más que el prólogo de un trance más profundo que haría incluso peligrar la viabilidad del sistema democrático.
Alguien ha dicho que si Lobo fracasa, tal como desean muchos fuera y dentro de Honduras, regresará Zelaya, lo que sería el principio del fin y el regreso, de nuevo, del populismo y el caudillismo con el inequívoco sello del chavismo imperante hoy en el continente. Vuelta a la pesadilla del “socialismo del siglo XXI”, y, por ende, más hambre, miseria y corrupción, la trilogía maldita que ya atrapa en Centroamérica a países como Nicaragua. Esperemos que no sea así, pues sería un nuevo golpe para las atribuladas democracias de América latina, y que las nuevas autoridades democráticas de Tegucigalpa estén a la altura de las circunstancias y de las demandas de una sociedad enferma, acogotada y depauperada. Honduras se lo merece, pero también el resto de las naciones libres.
Ricardo AngosoDirector de la Revista Lecturas para el Debate
Coordinador General de Diálogo Europeo.
rangoso@lecturasparaeldebate.com

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