
Un déficit horroroso, bestial caída de los ingresos, falta de pagos, incremento de las deudas para poder mantener la ilusión de que la revolución es perfecta, obligan al gobierno comunista de Venezuela a realizar actos muy humillantes para un socialista que se respete: tratar de ganar plata con una empresa capitalista, disfrazada de socialista, como es PDVSA.
El enredo del discurso chavista es de sobredosis de café. El líder intergaláctico dice que poco a poco vamos a un esquema socialista que contempla la sustitución de lo que queda de las empresas privadas por una cosa que llaman empresas de producción social. Si quitamos la palabra empresa, pues le da un ataque de histeria al jefe, no es otra cosa que simulacros de comunas formadas para producir y vender a bajo costo, a pérdida si es posible, con el fin de asegurar el bienestar del pueblo con precios bajos y sin la especulación que supone la ganancia capitalista.
Dicen los chavistas que no habrá ganancias en sus empresas. Y así ha sido. Ya tienen un buen historial de empresas quebradas como La Electricidad de Caracas, Sidor y todas las de Guayana. Esa particular forma de generar bienestar se disimulaba con el bestial subsidio del Gobierno aprovechando los gigantescos ingresos petroleros. Se acabó la mantequilla y rápidamente la revolución quebró. Esta es una revolución que, paradójicamente, depende del éxito del capitalismo para subsistir.
Pero como todo socialismo manejado por cúpulas, estas visiones tienen excepciones, como en Cuba con los Castro, podridos en real, o el combo Kirchner, con más de 12 millones de dólares de patrimonio declarado públicamente en Argentina. Eso es socialismo del bueno. Como aquí. Basta recorrer Barinas y encontrará otra muestra de socialismo del bueno. Un buen socialista se apropia de la plata del pueblo, busca un testaferro socialista también, expropia o invade, construye centros comerciales y compra todo lo que pueda. Es claro. La farsa terminará algún día y como buenos vivarachos estafadores, les quedará suficiente para ejercer un capitalismo sin complejos, lejos de donde cometieron el asalto, hasta más allá del 2021. Eso es socialismo del bueno.
Y la revolución venezolana no es la excepción. Y menos con tanto billete. La pobreza es amainada con discursos candentes y guerras imaginarias. Pero, sin disimulos, el enriquecimiento de los próceres es tan notorio como sus nuevas barrigas. Toda la cúpula militar de los golpes del 92, salvo las honrosas excepciones históricas, pasó de talla 28 a 40 en diez años. Eso es progreso contra el hambre. Esa es la verdadera guerra de los triglicéridos asimétricos. Basta ver las fotos de los esmirriados combatientes del golpismo del 92 para notar cómo el bienestar del pueblo afecta botones y papadas. Es la revolución de los carbohidratos y de los cachetes. Eso no se puede esconder ni con los chaquetones rojos.

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